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Diario de la restauración #3

Lunes, 16 Enero, 2017

El cuidado de las colecciones: una responsabilidad ineludible

Por Mireia Mestre (Jefa del Área de Restauración y Conservación Preventiva)

 

Ignorar que el patrimonio cultural envejece, que puede enfermar o ser extremadamente frágil es una actitud que, salvando las proporciones, puede recordar al escepticismo frente al cambio climático y la negación de que la actividad humana tiene consecuencias evidentes sobre el calentamiento global del planeta. Afortunadamente, parece que los ciudadanos somos cada vez más conscientes de la finitud de los recursos naturales, de la necesidad de garantizar un equilibrio ecológico y de preservar los paisajes. En cambio, no es tan generalizada la consciencia de la vulnerabilidad de un patrimonio que requiere protección y un uso sostenible si queremos que perdure.

La sobreexplotación irracional del patrimonio artístico y la falta de atención permanente a la salud y al bienestar de las obras que forman parte de él comportan unos riesgos, a corto y a largo plazo, que no se deben infravalorar. Todos podemos colaborar en la preservación de este bien común que quisiéramos sin fecha de caducidad y, en la consecución de este objetivo, los museos tienen un papel protagonista. Son instituciones preparadas para evitar muchos de los factores que amenazan a las colecciones que hemos heredado de las generaciones anteriores o que hemos adquirido para las futuras. Deberían ser el contenedor perfecto para restituir al público aquello que los artistas han creado, para poner las obras a disposición de todos y para que sean fuente de estudio y de inspiración. Los profesionales que trabajan en ello tienen los conocimientos técnicos para crear las condiciones idóneas que permitan salvaguardar la integridad de las obras y prolongar su vida al máximo. De hecho, la sociedad deposita en sus técnicos la confianza y la responsabilidad de mantener, estudiar, interpretar, dar a conocer y cuidar los bienes que hemos decidido no destruir y que hemos elegido transmitir.

Desdichadamente, las obras de arte no son perennes. Un uso inadecuado puede representar su degradación y comportar una obsolescencia a menudo previsible, otras veces inesperada. En algunos casos, la falta de atención especializada en el momento oportuno o la falta de intervención con un tratamiento científico adecuado pueden comportar incluso su pérdida. Sin duda, actuando preventivamente, se pueden evitar daños que devalúen las obras o que aminoren su existencia. Un ejemplo conocido consiste en limitar la intensidad de radiación y el tiempo de iluminación que incide sobre dibujos, fotografías o tejidos mientras están expuestos, para impedir que se alteren de forma irreversible. En otras ocasiones, sin embargo, no es suficiente con modificar el entorno, y la solución pasa por actuaciones directas más drásticas y comprometidas sobre las propias obras que sufren patologías. ¿Adivináis adónde quiero ir a parar? Sí, a nuestro Violinista, que sufre una degradación que empezó el mismo momento en el que Pablo Gargallo la creó y que ha ido evolucionado poco a poco hasta manifestarse de forma evidente y preocupante, cuando tenía noventa años. Una edad respetable para una persona y que debería ser irrelevante para una obra de arte que forma parte de unas colecciones con unos cuantos siglos de vida. El Ayuntamiento de Barcelona decidió comprarla para el Museo la primera vez que se expuso, en 1920, y desde entonces se comprometía a conservarla.

Efectivamente, una de las misiones centrales del museo es la de tomar todas las medidas que tenga a su alcance con el objetivo de preservar y estabilizar las colecciones. Nadie lo pone en duda, pero a menudo se da por hecho. Es difícil evaluar el trabajo y el coste que comporta minimizar los riesgos y las degradaciones en unos objetos que han de ser accesibles, manipulables y movibles, almacenables, interpretables, exponibles... Sin embargo, cuando la obra lo merece, también es responsabilidad del museo afrontar los tratamientos de conservación y restauración necesarios, incluso cuando los procesos son complejos y requieren medios sofisticados que no tiene a su alcance. Esto es lo que se ha hecho con la escultura de plomo de Gargallo con la ayuda de los Amics del MNAC y con la seguridad de que el esfuerzo valdrá la pena.

 

Podéis recordar la propuesta de actuación en el post del blog del Museu Nacional ‘El violinista’ de Pablo Gargallo: una cuestión de incompatibilidad, donde el restaurador Àlex Massalles explica los detalles de la obra, el proceso de estudio y las intervenciones que se han diseñado para restaurarla. #SalvemViolinista.