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Diario de la restauración #4

Lunes, 3 Abril, 2017

La restauración de la escultura de Pablo Gargallo sigue a buen ritmo. En este cuarto artículo de la serie Diario de la restauración, aprovechamos para hablaros del violinista en el cual se inspiró la escultura.

¿Quién fue Francesc Costa?

«Soy la nieta de Francesc Costa», me dijo Alícia una mañana de otoño, después de entrar en mi despacho como un volcán en erupción.

Una de las aulas del Conservatorio Municipal de Música de Barcelona lleva su nombre, y aunque he pasado por delante de ella cada día durante seis años, cuando quise encontrarla tuve que dar una vuelta a ciegas por todo el primer piso.

¿Quién era ese violinista nacido en una humilde vaquería de la plaza Tetuán de Barcelona en 1891, que acabaría siendo un músico extraordinario conocido en todo el mundo? ¿Y cómo es posible que supiera tan poco de él? Lo primero que hice fue intentar escucharlo, buscar una grabación (si es que había alguna) y comprobar si los recuerdos de nietos y alumnos estaban acaramelados por la memoria o bien eran fieles a la excepcionalidad del artista. Cuando tuve la fortuna de poder escucharlo, habiendo encontrado una grabación en disco de piedra de 1911, se me puso la piel de gallina. Todas las maravillas que me habían explicado de él se quedaban cortas: un sonido aterciopelado y redondo, una técnica depurada y viva, una articulación eléctrica y precisa, una expresividad llena de ternura y calor… Su historia me había atrapado.

El maestro Costa

«El Costa», como le llamaban sus compañeros y discípulos, aparte de ser una persona de una talla humana excepcional, fue un violinista extraordinario. Su sonido era de una belleza indescriptible, así como el infinito dominio que tenía tanto del arco como de la mano izquierda. Dio conciertos por todo el mundo y, en Barcelona, fueron legendarios los conciertos anuales de San Esteban, que celebraba en el Palau de la Música Catalana. Familias que no asistían nunca a conciertos de música clásica lo hacían ese día de fiesta yendo a escuchar «el concierto del Costa». Cada año llenaba la sala hasta los topes de público con ganas de escuchar y ver «al más genial y bohemio de los violinistas españoles», en palabras del compositor Joaquín Turina. También eran habituales sus conciertos en otras salas de la ciudad, como en el Colegio de Abogados, el Casal del Médico o el Real Círculo Artístico, muchos de los cuales fueron conciertos benéficos.

Sus giras de conciertos se extendieron por toda la geografía española (Bilbao, Santander, Granada, Sevilla, Málaga, Zaragoza…) así como por Europa, África y América del Sur (Francia, Bélgica, Alemania, Turquía, Egipto, Marruecos, Argentina y Uruguay).

Estudió en Barcelona con el maestro Ibarguren y, en 1909, becado por el Ayuntamiento de Barcelona, se fue a estudiar a Bruselas con el maestro Alfred Marchot. Allí finalizó sus estudios, obteniendo el Primer Premio del Conservatoire Royale de Bruxelles.

Al volver de Bruselas estuvo unos años dando conciertos por todo el mundo (hubiera querido dedicarse a ello, pero su padre, que era ciego, le dijo: «Ay, hijo mío, si no dejas de ir de aquí para allá yo me voy a morir). Y así fue como en el año 1922 entró en la Escuela Municipal de Música de Barcelona como profesor de violín. Allí fue compañero de Eduardo Toldrà (a quien dio algunas clases de violín) y de Juan Massià (profesor de música de cámara durante muchos años y que asumió la clase de violín de Francesc Costa cuando murió). A algunos les sorprendió que se decantara hacia la pedagogía, pudiendo continuar una carrera concertista internacional como la que había iniciado durante los años 1911-1915. Pero después de años de giras por todo el mundo, y teniendo en cuenta que los desplazamientos en aquella época no eran como ahora y que los viajes en barco podían durar meses, además de que era hijo único y su padre estaba ciego, Costa decidió instalarse en Barcelona de una manera más estable y dar clases de violín en la Escuela Municipal de Música.

Con Toldrà les unió siempre una gran amistad. Una muestra entrañable de esta amistad fue su colaboración en el concierto de despedida de Toldrà como violinista, celebrado en 1950 en el Palau de la Música Catalana, donde interpretaron el Concierto para dos violines de Johann Sebastian Bach acompañados por la Orquestra Municipal de Barcelona. Cuando terminaron, la ovación del público fue histórica.

Francesc Costa era el artista de los cantabile, de las melodías, y hacía sonar el violín como si fuera un canto de sirena que atrapaba a quien le escuchaba. Cuando tocaba el violín se transformaba en un canto lírico de belcanto, con un sonido aterciopelado e intenso. Su arco entraba en la cuerda como si fuera de mantequilla y los recursos sonoros que conseguía eran amplios y abarcaban todos los registros de su instrumento. Su técnica era sólida y gozaba de un virtuosismo envidiable que lo equiparaba a los mejores violinistas de la escena internacional. No en vano, fue invitado regularmente a formar parte del jurado de varios concursos internacionales de violín, como el Concurso Internacional Jacques Thibaud de París o el Concurso del Conservatorio de Bruselas.

Costa y las artes plásticas

La figura de Francesc Costa inspiró a muchos artistas de la época. La fealdad de su rostro, desfigurado por la viruela que sufrió de joven, sirvió de modelo a artistas tan dispares como Ramon Casas, Valentín de Zubiaurre, Anglada-Camarasa, Pablo Gargallo o Manolo Hugué. Fue amigo de todos ellos, los cuales lo retrataron plasmando en su cara deformada la intensidad y la fuerza de su personalidad. Decían que la suya era una fealdad bella. Resulta sorprendente la exposición que tuvo lugar hace unos años en el Real Círculo Artístico con más de treinta dibujos, caricaturas y óleos inspirados en él.

Su figura, alta y esbelta, la mirada penetrante y el pelo siempre alborotado, hacían de él un artista bohemio capaz de seducir a cualquier alma. El frac, el violín bajo el cuello y los movimientos que le provocaba la música que interpretaba le convertían en una imagen de estética ecléctica y magnetismo animal: cuando cogía el violín parecía retorcerse como una serpiente de cascabel y fundirse con la música que salía de él mismo y que lo nutría.

Fumaba mucho y comía muy poco (dicen que solo algo de ensalada y un plato de arroz al día), y sus amigos explican que se le podían contar las costillas. Cada tarde iba a la tertulia del Real Círculo Artístico de la plaza Cataluña, que reunía a artistas e intelectuales de la época (pintores, escultores, músicos, dramaturgos, escritores y poetas de la escena barcelonesa de principios del siglo XX). Y cuando salían, iban cada noche a cenar a Can Culleretes. Dicen que dormía poquísimo y en el Conservatorio, de buena mañana, era el primero en llegar.

Soltero, alto y delgado, iba siempre bien vestido (él mismo se definía como un bohemio bien vestido) y, aunque tenía una cara nada favorecida, tuvo un gran éxito con las mujeres. Era un hombre educado y encantador, bondadoso, generoso y sensible, y al acabar los conciertos, muchas mujeres de la alta sociedad barcelonesa le hacían llegar tarjetas de invitación, las cuales él se apresuraba a agradecer tan de prisa como a ignorar.

El amor de su vida, Berta Willotte, fue un amor como el de las grandes novelas del siglo XIX. A pesar de haberse casado con su amigo Melchor Marial (ingeniero e hijo de buena casa), Berta y Francesc se quisieron toda la vida, y solo cuando ella se quedó viuda se pudieron casar. Lo hicieron en 1950 en una iglesia de la calle Trafalgar, y tan solo 9 años después, el 17 de septiembre de 1959, moría Francesc Costa. Músicos y amigos llevaron su caja hasta la plaza Cataluña y allí, a título póstumo, le fue entregada la medalla del Real Círculo Artístico.

¿Quién fue Francesc Costa? Curiosamente, su figura ha perdurado a través de las artes plásticas más que a través de su música. «Salvemos el violinista», me pide Alícia, su nieta. «Salvemos el violinista», me pide Carlos, su nieto. Salvemos el violinista y recuperemos la memoria de uno de los artistas más excepcionales que ha tenido nuestro país. Y que su recuerdo haga justicia al gran violinista que fue y del cual todos los que hemos venido después somos, en parte, herederos.

Judit Bofarull Figuerola
Profesora de violín
Conservatorio Municipal de Música de Barcelona