Usted está aquí

Diario del violinista #2: una pieza única

Lunes, 2 Mayo, 2016

Estado de la campaña

A día de hoy, ya son 133 los mecenas particulares que, con sus generosas donaciones han aportado casi 17.000 € a la campaña para salvar el violinista de Gargallo. ¡Ya estamos en el 28% del objetivo, podéis hacer vuestras aportaciones a través de la página web de los Amics hasta el 30 de junio!

Este mes de mayo la Esmuc se suma a la campaña ofreciendo una serie de conciertos de violín en la Sala de la Cúpula del Museu Nacional, los días 24, 25 y 30 de mayo. ¡Estad atentos porque pronto tendréis la información disponible en el web!

A continuación,  Elena Llorens Pujol, conservadora del departamento de arte moderno y contemporáneo del museo, nos habla de El violinista de Gargallo desde su vertiente histórica. ¡Disfrutad de la lectura!

 

Una pieza única a punto de cumplir cien años

Pronto hará cien años que El violinista de Pablo Gargallo forma parte de las colecciones públicas catalanas. Se trata de un valioso activo patrimonial -una pieza única, por si no bastara- que los miembros que formaban parte de la Junta de Museos no dudaron en adquirir con destino al museo de arte de Barcelona cuando se presentó públicamente por primera vez en la Exposició d’Art de Barcelona de 1920. Nada justificaba que a aquellas alturas el museo más importante de Cataluña no tuviera en su colección ninguna obra de Gargallo, un catalán de adopción la obra escultórica del cual ya hacía tiempo que despuntaba en el ambiente artístico más avanzado de París. En la Exposició d’Art del año siguiente, los organizadores no dudaron en adjudicarle una sala especial sólo para él, una decisión que supuso que finalmente Gargallo fuera considerado uno de los grandes nombres del arte catalán.

Gargallo en el Museu Nacional

Con el tiempo, y mediante diferentes fórmulas de ingreso -que van desde las compras y los legados hasta las generosas donaciones de particulares, entre las cuales destacan naturalmente las de la familia directa-, el entonces Museu d’Art de Catalunya fue enriqueciendo los fondos de obra de Gargallo, hasta el punto que hoy el Museu Nacional conserva un conjunto notable y variado de obras de este artista (alrededor de 40 piezas, entre esculturas, dibujos y medallas) que permite hacer una lectura completa de su trayectoria artística. Una lectura para la cual es imprescindible El violinista: no en balde esta pieza no había abandonado nunca las sales de exposición permanente desde su ingreso en 1920, resistiendo así a todo tipo de contingencias históricas, historiográficas y museográficas.

El violinista o como dejar atrás la talla y el modelado

Visto dentro del conjunto de la obra de Gargallo, El violinista es obra de un artista que ha llegado a su zénit creativo habiendo interiorizado el riesgo como un elemento más de la práctica creativa. Sus años en París vividos cerca de las investigaciones vanguardistas, especialmente de las cubistas (su amistad con Picasso hace que entre en contacto con los círculos artísticos e intelectuales más avanzados de Montparnasse y Montmartre), dejan una fuerte impronta en su manera de abordar el acto creativo, y es así como formal y técnicamente deja atrás su pasado de escultor modernista (piénsese, por ejemplo, en el grupo escultórico de la cabalgata de las Valquírias que decora la banda derecha del proscenio del Palau de la Música de Barcelona) para asumir una personalidad más cercana a la del bricoleur, adoptando materiales no convencionales, como sería el caso del plomo, los cuales trabaja mediante el acoplamiento o la yuxtaposición. Este camino, que Gargallo emprende a comienzos de la década de 1910, lo sitúa al lado de escultores de la órbita cubista como Zadkine o Archipenko, o de los rusos Gabo y Pevsner, y lo convierte en un pionero de la escultura del siglo xx.

El violinista, con su acoplamiento de láminas de plomo batido, clavadas a su vez con puntas de hierro y soldadas, evidencia la voluntad, característica del arte avanzado, de cortar de raíz con la tradición para buscar en otras tradiciones (el arte negro, entre otros), soluciones formales a los retos que plantea la representación. Gargallo, como más adelante haría Julio González, transitó por el camino de la escultura en metal en búsqueda de una nueva manera de figurar la realidad, y haciendo este camino encontró, además del procedimiento bricoleur antes mencionado, la manera de deshacerse del peso de la gravedad característico de la escultura, a través del juego de contrarios entre el vacío y el pleno, el cóncavo y el convexo. La Gran bailarina que presidió el Pabellón de los Artistas Reunidos de la Exposición Internacional de Barcelona de 1929, y que también conserva el Museu Nacional, es un ejemplo soberbio de la primera opción. Gargallo certifica, así, que la expresividad ha dejado de ser territorio exclusivo de la talla o el modelado (a los cuales, cabe decir, no renunció nunca).

Elena Llorens Pujol